Amores

Y te puedo jurar que nadie te amará como aquel que te ha visto dormir y enloquecer. Porque hay amores pasajeros, pero también hay amores que calan hasta la clavícula y te hacen no querer morirte nunca. Quédate con él, si algún día te llegas a topar con uno, no lo sueltes para agarrar a uno fugaz. Su mano será con la que soñarás darle la vuelta al mundo y también la que querrás apretar cuando tengas miedo.

Hay amores que se van para siempre, amores que se van mientras voltean a ver una vez más atrás, amores que te aprietan los huesos y los sentimientos, amores que te ponen a la misma distancia que separa ese alguien a la espada de la pared, porque a veces ese alguien es quien se interpone entre dos que quieren o buscan hacer historia juntos.

Hay un amor que te verá llover y perder tus hojas en otoño. Quédate con él porque, aun no teniendo nada, él verá flores en ti.

Te hará perder la cordura,
el norte,
los mapas
y querrás quemar la salida del laberinto. 
Porque amarás estar enredada, abrazada y al fondo del agujero con él.

Amores que no tienen concepto ni puntos finales,
son la historia que siempre querrás escribir,
una y otra vez,
aunque sepas que en todas ellas 
te hará llorar por haberlo dejado marchar.

No es cobarde quien se va,
el cobarde es quien no lo detiene en la ida.

Hay un amor que será tu perdón, se me ha metido arena en el ojo.
Y saldrás corriendo a buscarle
y no lo encontrarás en ninguna parte.
Y la brisa te abrazará,
cerrarás los ojos
e inexplicablemente pensarás que es 
él.
Luego los abrirás
y encontrarás más excusas
que motivos
para quedarte donde estás. 

Y así, poco a poco,
tu memoria lo va borrando,
pero jamás,
lee bien,
jamás se olvidará de cómo te hizo sentir.

Mirarás al cielo mientras piensas que fue ese amor que no sabes cómo te hizo sentir, pero que te ha dejado muchos deseos de compartir la siguiente vida con él para no soltarlo jamás. 

Y sonreirás mientras caminas al alba.

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La chica de los mil demonios

La llamé “la chica de los mil demonios”, tenía una locura parecida a la de los poetas, no se dejaba engañar fácilmente, era ingenua cuando le convenía, pero de tonta no tenía un pelo. Una noche me enseñó todos los monstruos que guardaba dentro, y los demonios comenzaban a rodearnos mientras las estrellas nos miraban, ninguna decidió ser fugaz, quizás porque no querían que pidiésemos un deseo diferente cada uno, no queríamos sonar ni parecer insistentes al respecto, entonces nos acostamos en el césped, ella puso su cabeza en mi pecho, y comenzamos contar las estrellas como quien cuenta todos los tropiezos que ha tenido a lo largo de su vida. Que estaba un poco cansada, me decía, cansada de las malas rachas que le jugaba la vida, caían sus lágrimas y no podía hacer nada al respecto, excepto abrazarla como si abrazase a alguien que está demasiado roto como para recomponer sus cristales rotos. Decía ser débil, pero un día comprobé que era parecida a un diamante, que era un equilibro de un cristal y de una piedra, de lo frágil y de lo duro. Preciosa, vaya. Ser fuerte era su tipo de belleza. Caía no sé cuántas veces para luego emprender el vuelo. Se alborotaba el pelo en verano y quería ser como un pájaro paseándose por el mar, yendo y viniendo de un atardecer, dormir en su nido. Sentirse libre, esa era su misión, no sentirse atada por nudos en la garganta. Bailaba, como puede hacerlo un ángel herido. Su misión era seguir siendo ella, que ni las circunstancias ni el dolor la cambiaran, pero un día todo se revocó y sus planes ya no eran los mismos, el dolor la hizo fría y cortante, pero sería injusto acreditarle eso a ella, fue la vida quien la cambió. Antes de irse me dio un beso y me dijo que fue un gusto haber coincidido en este desastre de vida. Y yo le dije que dos tormentas encajan a la perfección. Y se fue, no la volví a ver jamás. Mi chica de los mil demonios, ahora en qué infierno andarás.

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Sólo alguien que está igual de roto que tú puede entender cuánto duele estar así

La vida no es que sea dura, es que nos hace duros con el tiempo. Ya sea por voluntad propia o porque nos obliga a serlo. Y gracias por ello, ¿no? Que si no fuera por los tiempos difíciles seríamos inexpertos en todos los sentidos. No aprenderíamos a elegir a las mejores personas, a saber cuál es nuestro amigo y cuál nuestro enemigo, a saber diferenciar entre alguien que nos ama completamente y alguien que lo hace a medias.
Hay que ser, pero bien despistado, como para tratar a alguien como una necesidad cuando éste te trata como algo momentáneo. Hay que elegir a quien nos quiera para un café por las mañanas y una despeinada por las noches, no para ratos, sí para toda la vida.

A ver, dime, ¿te preparo los labios o me preparo tristeza?

Aunque si me das a elegir, entre una cosa y la otra, siempre te preparé mis besos, porque el besar es la conexión más cercana que podrás tener con alguien, independientemente de dónde estaremos mañana. Tú aquí y yo perdido. Y ojalá tengas las ganas de buscarme cuando no sepa cuál es mi norte ni mi sur. Ojalá no me equivoque al dedicarte mi tiempo, que es algo que no podré comprar en ninguna tienda. Dicen que es lo más valioso que le das a alguien, aunque para mí lo más valioso, más que el tiempo, es tu vida. Dedicarle tu vida tiene mucho más peso que el dedicarle tus horas a alguien. Y al igual que el tiempo; la vida tampoco se puede recuperar una vez perdida.

Por eso debemos valorar a todo aquel que se a quedado a nuestro lado a pesar de nuestros momentos insoportables y de nuestra inestabilidad sentimental y financiera; a los que permanecen aun sabiendo cuántas cicatrices cargamos en la conciencia; a quien no duda ni por un segundo en matar monstruos con nosotros y a prenderle fuego a las telarañas mentales.

Nuestra mirada perdida no es más que el deseo de ver a alguien justo en ese rincón (en ese que con el tiempo se convirtió en el favorito de nuestra mirada, porque hay algo allí invisible que nos ata la vista) para contemplarle por mucho tiempo, sin importar si se nos dilatan las pupilas. Dicen que las mejores vistas se tienen al lado de alguien, pues no sé a qué estamos esperando para ir a buscar a alguien que tenga las suficientes ganas para verlas a nuestro lado, quizás lo mejor que nos pueda pasar es encontrar a alguien que esté igual o más roto que nosotros. Los dos sabremos curarnos las heridas mutuamente y remendarnos por partes, porque ambos sabremos cuánto ha dolido y cuánto duele estar así.

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Querida Ana

     Querida Ana, recuerdo aquella vez en la que me contaste que le tenías miedo a las alturas y que el amor para ti significaba dolor, que nunca habías tratado de entablar una conversación formal con la felicidad, que nunca habías hecho tratos para que se alejaran de ti esos pensamientos que te atormentaban todas las noches, a un punto que perdías la cabeza y gritabas hasta quedar afónica. Y yo te respondí que ojalá un día te quedaras afónica de tanto cantar, que te cansaras pero de tanta felicidad, que el único color rojo de tus ojos fuese el de tanto llorar riendo.

     Querida Ana, tu recuerdo aún sigue viviendo dentro de mí, tú para mí no estás muerta, estás aquí, al lado del corazón, donde suelen estar los recuerdos más preciados de esta puta vida. Hoy no he podido dejar de pensar en ti, de cómo la gente fue tan cruel para hacerte sentir esos sentimientos. Estoy triste, Ana, me duele que no estés aquí, compartiendo conmigo el día a día. Echo de menos llamarte cada noche para decirte que eres la mejor persona que nunca he encontrado en ningún otro lugar. Echo de menos todo lo que un día fuiste, todo lo que me hiciste sentir, esas conversaciones de madrugada hablando sobre lo dura que es la vida y motivándonos mutuamente para seguir adelante. Una noche me confesaste que tenías miedo de que el nudo en la garganta terminara de ahorcarte y no tener tiempo para realizar tus sueños. Ahora me parto al leer las antiguas conversaciones que tuvimos desde que intercambiamos los números de teléfono. Yo te pregunté que cuál era tu mayor sueño que tenías y tú me respondiste que era mudarte a Nueva York y ser la estrella de Broadway. Ahora me rompo al leer cada uno de tus mensajes, aún guardo tu número, no sé por qué tengo miedo de borrarlo.

     Querida Ana, nos faltaron muchas cosas por hacer juntos. Nos faltó ir a California, saltar de un avión, subirnos a la montaña rusa de la que tanto habíamos hablado, porque querías vencer el miedo a las alturas y yo te dije que estaba dispuesto a vencerlo contigo. Nos faltó, entre muchas cosas, vernos triunfar en el mundo, ya no estás aquí para ver el día en que mis sueños se hagan realidad y yo tristemente no alcancé a verte en Broadway. Es triste hablar de ti en tiempo pasado. Escribo tu historia con el único propósito de transmitir el mensaje por el que tanto he luchado: “Piensa antes de hablar, porque las palabras son asesinas”.

     Querida Ana, nos separa un abismo y nos une nuestra historia. Ese puente que construimos para que pudiésemos pasar siempre que nos sintiéramos solos, hoy me siento así, por eso estoy escribiéndote. Hasta el día de hoy no he sabido vivir sin tu presencia, no he podido acostumbrarme a vivir con tu ausencia. Las noches son frías y solitarias, los días han perdido ese toque de luz que tenían cuando te veía sonreír, aunque fueron pocas las veces en las que te vi sonreír de felicidad, las demás veces eran un disfraz para engañar al resto.

     Querida Ana, un día llegaste llorando y me abrazaste, dijiste que no eras un estándar de belleza y yo te dije que esta sociedad de mierda no está lo suficientemente humanizada para hablar de belleza. Que tú eras preciosa, por encima de cualquier comentario absurdo. Que tú merecías el cielo y a sus estrellas. Que tú eras la estrella más brillante de todo mi cielo.

Y un día decidiste ser fugaz.

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Me echo de menos

Me echo de menos, pensé que echar de menos a alguien iba a ser lo más doloroso, ahora comprendo que no lo es. Ahora me doy cuenta de que a quien siempre voy a extrañar va a ser a la persona que fui, es cierto, soy más fuerte hoy en día, pero antes no tenía miedo de confiar, ni de amar. Y si me dieran a elegir entre una persona y la otra, elegiría ser aquella que no tiene miedos, porque al no tenerlos te convierte en la persona más fuerte y completa que existe. Un día un amigo me traicionó, el amor me abandonó y un familiar me apuñaló por la espalda; tarde comprendí que a quien siempre voy a tener va a ser a mí. Así como hay personas que se van porque quieren, también hay personas que se van porque nadie les sujeta de la mano para que se queden. Olvidan que a veces necesitamos escuchar un “quédate, por favor” y que nos hagan saber que fuimos la persona que siempre soñaron tener al lado, y no sólo para ver atardeceres y amaneceres, para follar y hacer el amor, para sacar risas y secar lágrimas; sino para ver cómo la vida nos hace el arte en la cara, para ver cómo el tiempo tatúa en la piel la historia de nuestra corta vida. Mi abuelo siempre dice que la vida es un abrir y cerrar de ojos, puede acabar en cualquier instante; hoy estamos viviendo, mañana quizás no. En un pestañeo puede acabar el mundo.
Y pasa también que la gente no quiere pasar de página, porque la actual está en blanco. No hay nada escrito, ni tachones, ni errores, ni nada. Y tiene miedo de que en la siguiente página pase lo mismo y quedarse así: sin nada, porque nunca ha sentido lo que es que alguien venga y haga de su vida lo que le plazca, que le haga cometer la mayor locura de su vida, cometer errores cada día y que por las noches se rían por haberlos cometido. Que les amen como el primer día del resto de su vida y que quieran vivir con ellas las batallas difíciles. Nadie nace sonriendo, todos nacemos llorando, porque la vida no es fácil y muchas veces carece de sentido. Ojalá le encontremos un sentido que prefiera mojarse con la lluvia, que no le importe mucho dejar ir trenes ni dejar pasar las estaciones mientras tenga un suspiro por el cual luchar, que comprenda que la vida es corta y por eso tenemos la obligación de hacer que valga la pena, como para poder decir un día: “Valió la pena”.
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Termina de irte de una vez

Cómo te digo que estas ganas no son para que regreses, sino para que te vayas de una vez. Nunca te fuiste por completo, nunca terminaste de hacerle las maletas a la vida, tus ganas de permanecer se quedaron tomándome de la mano mientras le encontraba un significado diferente a cada atardecer. No, estas ganas ya no son para correr en tu dirección e irte a buscar, incluso si me dijeras que me echas de menos, ya no tomaría ningún tren para ir a tu ciudad; aprendí a no dedicarte mis insomnios, tampoco mi tiempo. Yo creía en la vida antes de ti; antes de que acabaras con lo más bonito que alguien puede poseer: las ganas de intentarlo. Ya no, cariño. Ya no es a ti a quien llamo cuando mi cerebro no funciona, es decir, cuando estoy borracho y mi cerebro sólo es capaz de pensar en una sola persona. Cuándo te darás cuenta de que un día alguien te amó con las entrañas, con cada parte de sí, con cada ilusión. Sé que algunas personas no están destinadas a suceder y nosotros no somos la excepción en esta ocasión. Me dejaste mal herido, desangrándome. El suelo está lleno de todas las promesas que rompiste, de todas las palabras vacías que dijiste y de todas las acciones sin sentimiento que hiciste. Pero esta noche quiero sentirme libre, no quiero sentirme atado a nadie, devuélveme mi libertad y termina de irte de una vez.

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Posdata: Nunca te olvidé

Quiero convencerme a mí mismo de que te he olvidado, de que ya eres parte de mi pasado, de que eres un recuerdo más en esta colección de cicatrices. Pero todas las veces que lo he intentado han sido un intento fallido, no logro sacarte de mi presente, aunque tú estés ausente, aunque para ti yo ya esté muerto y aunque ya estés con alguien más, no logro sacarte de mi mente. La gente dice que no tengo en claro lo que quiero, pero yo sí tengo muy en claro qué es lo que cometería otra vez y qué tal vez sí. Y yo a ti te quiero cometer las veces que sean necesarias para que seamos, no partes medias, porque contigo lo quiero todo y eso implica lamernos las heridas hasta que cicatricen, besarnos la esperanza para que no se acabe y prenderle una vela al amor diariamente para que no se apague. Yo contigo quiero ver más amaneceres en cama, que atardeceres con peleas; verte vestirte, que desvestirte. Que me recuerdes que estoy loco y que esperas que nunca encuentren la cura a esta enfermedad provocada por el amor. Y que si estás perdida, yo seré una vía para que te encuentres, aunque yo tampoco sepa qué dirección tomar, pero lo haré. Por las noches nos contáremos las veces que tuvimos que caer para ser quien somos y todos los tropiezos que sufrimos para suceder.

Cariño, quizá no sea el tipo de chico con el que quisieses envejecer, ni con el que te gustaría caminar de la mano cuando el tiempo nos haya hecho arrugas. ¿Recuerdas aquella vez que te conté que le tenía miedo a los días en que todo parece estar perfecto, porque así como puede ser un gran día, también puede ser el peor? Por aquello de que las personas buscan el día perfecto para marcharse. Todavía tengo la sensación de que estás en ese último beso que me diste aquella tarde de Septiembre y acto seguido el abrazo que terminó por romper las partes que estaban pendientes a desmoronarse. Pues sí, el día perfecto para ti fue el peor día para mí. Y me dijiste: “Soy sólo una chica más, ya encontrarás a otra que te haga feliz”. E irónicamente eres tú la que me hace feliz, la razón por la cual me levanto cada mañana con la ilusión de encontrarte. Es cierto, me rompiste el corazón en mil pedazos, pero al menos supiste hacerlo; es más, eres la que mejor lo ha hecho. ¿Recuerdas el día en que por primera vez nuestras miradas se rozaron nuestros latidos acelerados? En ese momento supe que era a ti a quien yo había buscado toda mi vida, te vi como aquel ciego que miró por primera vez y comprobó que la perfección sí existe, no necesité una lupa para ver lo grande que eras. Nunca lo olvides: eres terriblemente inmensa. Una noche me dijiste que el olvido era tu mayor miedo. Pero puedes estar tranquila, yo sigo y seguiré recordándote. Tu recuerdo está seguro conmigo. Una vez me dijiste que le tenías miedo a la oscuridad, ahora sólo espero ser aquel recuerdo que ilumine un poquito tu vida y te haga sentir mejor.

Nunca dejé de amarte, mis ganas de encontrarte se incrementan con los días, no suelo ser conformista, pero esta vez me conformo con tan sólo mirarte una vez más. Esta es una carta sin dirección, porque no sé dónde te encuentras, lo último que supe de ti fue que te habías mudado a otra ciudad, pero espero que algún día la leas. No sé si será en unos días, meses o incluso años. Sólo quiero que sepas que yo te seguí amando cuando tú dejaste de hacerlo, yo te seguí esperando cuando tú ya estabas esperando a alguien más. Nunca supe dejar de hacerlo, porque tus huellas se han convertido en mi forma de vivir, en mi rutina. Has dejado huellas indelebles, nunca nadie ha podido borrarlas. He conocido a muchas personas, pero ninguna ha sabido hacerme reír como lo hacías tú y ninguna me ha hecho llorar como lo he hecho por ti. Y no sé, quizá en otra vida sucedamos otra vez, pero todavía tengo esa esperanza encendida por que en esta vida sucedamos nuevamente. Y si en algunos años llego a verte, no correré para saludarte ni para decirte lo mucho que te eché de menos, cuando te vea sólo te veré y te recordaré con una sonrisa. Luego me iré de aquel lugar sin dejar rastros de mi existencia, pero ten por seguro que esta vida no me es suficiente para amarte.

                                                                                                          Posdata: Nunca te olvidé.

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